Yago Arriaga
Agosto

7 de septiembre de 2026

Trozo de "Agosto"

Yago Arriaga

(...)

-¿Qué puedo esperar desde ahora?- le había preguntado.

-No lo sé. Solo sé que no somos felices- respondió. Y se miró las manos. No podía mirarme a la cara mientras decía aquello.

Todo esto me sorprendió al principio, luego me reconfortó ante la posibilidad de reconocer un problema que debíamos solucionar juntos, pero de algún modo que no soy capaz de explicar, sentí que se había terminado. Me encontré ante ese terror que imagino la gente que tiene un accidente de coche sienten cuando se dan cuenta de que el final está ahí, el volantazo, las vueltas de campana, las sacudidas. Imagino que pese al pavor debe de darse algún tipo de resignación a la muerte, pero a la vez, nos abrazamos a la posibilidad también, por pequeña que sea, de que algo ocurra y pese a mal heridos, sigamos viviendo tras aquello.

-¿Y que vamos a hacer con esto?¿cómo lo arreglamos?- traté de salvarnos, aferrándome a esa sensación de seguir vivos. De seguir juntos.

-No lo sé. Pero yo no te hago feliz y tú a mi tampoco.- declaró no sin esfuerzo, sin poder mirarme directamente a los ojos.

-Ya, eso ya lo has dicho- repliqué, negándome a aceptarlo, pero él ya estaba lejos. Yo ya estaba solo entonces, de esto me di cuenta semanas después porque él ya había tomado una decisión que lo salvaba a él de mí, y a mí me dejaba frente a la tormenta de los días y las horas.- Pero ¿cómo lo resolvemos?

Entonces, por primera vez desde su sentencia de muerte, me miró a los ojos. Guardó silencio. Tragó saliva… y no dijo absolutamente nada.

Algo terrible ocurrió entonces en mí. Una dignidad artificial se apoderó de mí, me gritó alto y claro:

-Yago, ¡¡Te están dejando!! ¿No te das cuenta? Las historias terminan así, aquí. Así se asesinan a los amantes, a los amores.

Y me volví violento, desde un silencio y una muy cínica sonrisa, tratando de hacer ver que en el fondo podía con aquello, que no era tan importante, que no era tan doloroso.

-Lázaro, tengo la sensación de que me estás dejando y ni siquiera tienes los huevos de verbalizarlo, ¿es así? – mis palabras eran lanzas que querían herir del mismo modo que sus silencios me estaban hiriendo a mí. No era consciente aún del torrente de dolor que vendría después. -Pues te lo voy a poner fácil. Hasta esto voy a hacer por ti.

Y lo dije. Salió como una bocanada de bilis, de hedor, de lava, sin haberlo meditado ni medio segundo, como quien en el corredor de la muerte camina con la seguridad de no importarle en absoluto, como quien sigue tocando mientras el barco se hunde.

-Se acabó- dije.

Y el empezó a llorar… aliviado, aún doliente.

Y Taylor Swift empezó a cantar en mi cabeza.

(...)