Yago Arriaga
Hablemos de libros
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Padres e hijos

Iván Turguénev

1862

Siempre es difícil recurrir a los clásicos, como más difícil se vuelve cuando te atreves a meterte con un libro de un ruso, Turguénev, del año 1862, cuyo libro “Padres e hijos” tiene mucho de costumbrista y que conecta con dificultades con el estilo, el mensaje y la evolución de los personajes.

Pero no deja de sorprenderme el reto que este libro representó. Tiene ese aroma de aquellos libros que nos obligaban a leer en el instituto, algo absolutamente fuera de tiempo y que nos resultaban indigeribles, pero que, con la edad y muchas lecturas anteriores, se acaban convirtiendo en auténticos virtuosismos de la literatura de época, y del que sin duda percibes que es de aquí, de libros como este, de donde parte todo lo que ahora entendemos como “buena literatura”.

La historia parecería simple, pero no lo es. Dos amigos con caracteres muy determinados, ambos reconocidos como los primeros nihilistas, emprenden un viaje que los lleva a tres diferentes localizaciones. La primera el padre de uno de ellos, la segunda la familia del otro, y la tercera, una casa donde una mujer de su época convive con sus dos hermanas, todas ellas solteras.

En este viaje se cuestionarán sus convicciones más férreas sobre la política, el honor, la religión y la filosofía, se pondrá en juego su amistad que consideraban inquebrantable y conocerán el poder del amor sobre todas las premisas de las que partían.

Con una prosa exquisita (a mi gusto, en ocasiones, un tanto barroca y ampulosa en las descripciones), un ritmo lento y una historia llena de claroscuros que confrontan un estilo de vida con la nuestra propia, “Padres e hijos” es un ejercicio más que una lectura al uso. Hay que armarse de paciencia, entender lo que se está leyendo en su contexto y asumir que se está bajando a la raíz de la literatura como entretenimiento, pero sobre todo, como reflejo de una sociedad y un código moral en constante cambio.

Para eruditos de la cultura.